EL LINCHAMIENTO DE LA THATCHER


Ricardo Valenzuela

Creo que todo mundo conoce la fascinante historia del rescate de la Gran Bretaña de las fauces del socialismo, provocado por lo que se llamó la revolución de Margaret Thatcher en los años 80. Pero lo que nadie sabe, fue el papel que jugara alguien llamado Keith Joseph, a quien la misma Thatcher se refería afirmando: “Sin Keith Joseph yo no habría sido primer ministro y lo que llaman mi revolución, deberían llamara la revolución de Joseph, Britania tiene una gran deuda con ese hombre”.

David Young era un exitoso empresario que con tristeza veía la forma en que la economía británica estaba postrada a punto de la agonía, y sus negocios se iban al precipicio. Pero, lejos de conformarse, decidía luchar para extinguir el tumor que amenazaba la vida de su país. Había decidido llevar a cabo una lucha ideológica y, lo asombroso era que, siendo un hombre de izquierda, llegaba a entender y aceptar su equivocación e iniciaba su educación acudiendo a todos los escritos de un político muy especial, Keith Joseph, a quien se le conocía como “el monje loco” (algo que algunos de mis enemigos ideológicos también me brindan). Young aprovechaba un evento para presentarse con él y ofrecerle su ayuda como voluntario.

Joseph aceptaba la oferta, pero le aclaraba preguntando: ¿Cómo quieres participar en algo que no conoces ni entiendes? El hombre se sorprendía para, a partir de esos momentos, se sumergió en toda clase de lectura acudiendo a Hayek, Mises, Bastiat, Jefferson, que le diera ese conocimiento y así tomaba la bandera de la reconstrucción del pensamiento económico y político de la isla británica provocando una ola.

Esta ola se extendería por todo el mundo y, sin lugar a dudas, Keith Joseph sería quien más aportara a este gran esfuerzo para darle una nueva cara al debate, para luego tomar una gran variedad de ideas, acomodarlas, y lanzar una poderosa crítica de la economía mixta y el estatismo. Y, en su momento, darle la forma de un programa político. Una agenda que, a su tiempo, fuera articulada y ejecutada por la más importante de sus discípulos, Margaret Thatcher. Ella logró que esas ideas se operaran, pero fue Keith Joseph quien creara ese potente paquete en la segunda mitad de los 70s, una era en la cual las premisas de economía mixta jamás habían sido cuestionadas a pesar de que el sistema se tornaba disfuncional y el Imperio Británico se hundía.

Como el Consenso de Attlee de los años 40 se había convertido en el texto para los gobiernos y políticos durante los siguientes 40 años, lo que se iniciara en los seminarios de institutos de investigación en los años 70 y 80, tomaba forma en el programa de Thatcher como una receta para establecer la agenda global de los años 90. La combinación de inflación desbocada, sin crecimiento, desempleo, conflictos laborales y descontento social, pedía de inmediato alguna forma de cambio. Así, Thatcher afirmaba, “vivimos un tórpido socialismo que se ha convertido en la sabiduría convencional de la gran Bretaña. La interminable crisis—económicas, fiscales e industriales—bajo los laboristas, nos ha provocado el pensar y proponer políticas lejanas a la verdadera sabiduría convencional borrando la línea de compromiso”.

Era una representación de la lucha de Joseph hacia la libertad pues se daba cuenta que lo pregonado no era el camino y afirmaba: “El problema no es que el gobierno no lo hacía bien, la realidad era que el gobierno trataba de hacer demasiado. Y, la fuente de este vía crucis es el consenso post guerra del estado interventor. El enemigo es el estatismo. Y lo que se debía cambiar era la cultura política del país y la forma de combatirlo debía ser a través de una guerrilla intelectual”. Sin embargo, el líder de los conservadores y primer Ministro reviraba: “No es que las políticas hayan fallado, eran las correctas, pero no persistimos con ellas el tiempo suficiente”.

Margaret Thatcher rediseñaba la relación entre estado y mercado, retiraba al gobierno de los negocios atacando la idea persistente de la sabiduría del gobierno. Modificaba el énfasis de la responsabilidad estatal hacia la responsabilidad individual, siempre dando prioridad a la iniciativa, los incentivos, y la generacion de riqueza en lugar de su redistribución e igualdad. Ella celebraba y admiraba el emprendimiento de negocios. Su bandera fue privatización, pero, bien hecha, y con sus resultados se formaba el anatema por todo el mundo y, hacia los años 90, era claro que había establecido una nueva agenda económica para provocar el gran disgusto del establishment mundial.

Keith Joseph afirmaba con gran orgullo: “Los años de Thatcher rescataron al Reino Unido de un manoseado productor a una economía liderada por el consumidor y de nuevo era una economía competitiva. Y fue la convicción la que logró el proceso funcionara. En el pasado, gente ordinaria acudía al laborismo para mejorar sus vidas. Ahora, ellos entienden que la libertad y un sector emprendedor bajo la ley, es mejor que un masivo gobierno en control de la economía y de la gente”. La Thatcher lo afianzaba afirmando, “socialismo era el sabor de esos tiempos. Lo experimentamos y los conservadores no hicieron nada para combatirlo. Pero, para mí fue muy simple. El estado no tiene por qué ordenarnos que hacer. Era muy obvio para la gente que socialismo es aceptar el declive. ¿Alguien lo podría entender? La gente aceptando la mediocridad”.

Pasaba luego a definir su opinión en las responsabilidades del gobierno: “Primero, mantener finanzas sanas. Segundo, asegurar una propia fundación de la ley para que industria, comercio, servicios y gobierno florezcan. Tercero, defensa. Educación seria el Cuarto, la ruta hacia las oportunidades. Quinto, una pequeña red social, pero hacernos estas preguntas ¿Cómo proporcionar una red efectiva sin crear o reforzar la cultura de la dependencia? ¿Cómo debemos sostener las virtudes de una sociedad civil?” Cerraba: “Todo esto lo iniciamos Sir Keith y yo y lo hicimos con ideas y creencias. Eso fue todo. Se tiene que empezar con creencias, siempre con creencias y defenderlas hasta la muerte”.

Pero, en noviembre de 1990 la dama de hierro era expulsada de la oficina de primer ministro con gran participación de miembros de su partido y de su gabinete, por oponerse a la Unión Europea y, sobre todo, a ceder el manejo monetario del país a la burocracia de Bruselas. Porque, según ellos y por órdenes del EP global, era demasiado nacionalista, demasiado pro Britania. Y, lo más sorprendente, ellos la definían como rígida, demasiado apegada a sus creencias que siempre defendía ante todo y ante todos. Es decir, su fuerza moral y sus convicciones eran las armas para lincharla. Curiosamente eran los mismos calificativos que sus enemigos le aplicaran a Trump para también lincharlo.             

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